"Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve , y no vuelve allá sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y dá semilla al que siembra y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca, no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero y será prosperada en aquello para que la envié" Isaias55.10-11

viernes, 26 de febrero de 2016

El que SI cargó su cruz



Le abrí mi corazón al Señor Jesús hace 30 años, y no puedo contarte la cantidad de veces que he escuchado repetir  que necesitamos cargar la cruz de Cristo. En otras tantas veces que hoy me parecen cansinas letanías escuché repetir con lágrimas en los ojos  que tomaríamos Su lugar con gusto.
Qué fácil y simple prometemos, y nos enfervorizamos en compromisos y palabras de los que luego huimos.
Amanecía este lluvioso día cuando  armada de mi Biblia-phone leía el penoso pasaje de la ruta del Calvario.  Algo me llamó la atención, y busqué la Biblia de Estudio. Más leí, más me pesó el corazón… y me propuse examinarme más, prometer menos, y si prometo honrar mi palabra. Porque aunque este término suene medio retro, medio anticuado y mucho ignorado, “honrar la palabra dada”  -cumpliendo lo que se dijo-  es algo que deberíamos revalorizar.
Es preferible reconocer que  no estamos listos, que nos falta, que Dios aún debe tratar con nosotros a encarar proyectos  que luego dejaremos a la mitad. Porque en el trayecto otros saldrán lastimados.
Marcos 14 cuenta como prendieron a Jesús. Y como todos lo abandonaron… Todos los que tanto habían llenado el aire de palabras y halagos y promesas…
Marcos 15 nos sigue instruyendo en el doloroso relato: ¿A quién le tocó el increíble privilegio de llevar la cruz del Señor? ¿A cuál de sus cercanos y tan devotos seguidores? …
Ninguno estaba allí para asumir tal honor, todos habían huido.  Así que a uno cualquiera que pasaba por allí, a “un tal Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, lo obligaron a llevar la cruz”-Marcos 15:21-. Le dieron el madero que el Señor, la Luz del mundo, debía cargar y que pesaba nada menos que entre 15 y 20 kgs. Entre desconocidos, abandonado por los suyos y despreciado por el mundo, fue nuestro Señor a ser colgado entre dos ladrones.  De los que Él salvó y bendijo y resucitó al parecer ninguno estuvo dispuesto a cargar su cruz, aliviando su atormentado cuerpo ya molido a golpes y  latigazos.
No vuelve a mencionarse a este tal hombre que sí cargó la cruz de Cristo. Pero mi esperanza me dice que  a quienes Pablo menciona con amor eran su hijo y esposa. Porque la vida entera de esa familia debe haberse transformado por completo al estar dispuesto el jefe de la familia, a llevar la cruz del Maestro. “Saluden a Rufo, distinguido creyente, y a su madre, que ha sido también una madre para mí” –Romanos 16:13-.
Cargar la cruz del Señor es un asunto serio, se requiere un amor fuera de lo común (aunque mucho menor del que Él tuvo) y se requiere un compromiso total que deje fuera la posibilidad de huir al estar frente al madero.
“El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí” Mateo 10:38

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