"Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve , y no vuelve allá sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y dá semilla al que siembra y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca, no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero y será prosperada en aquello para que la envié" Isaias55.10-11

sábado, 28 de junio de 2014

Dios, te doy un plazo



No podemos negar que a veces andamos a la ligera queriendo meter a Dios por la fuerza en nuestros deseos. Ante lo que creemos una falta de respuesta de su parte, nos atrevemos a ponerle un plazo.

Le decimos:  Te doy tantos meses para que me contestes. Si de aquí a tal día no me respondes, entonces haré esto o aquello.

Es así como tratamos de manipular al Señor con descaro.

Es más, públicamente lo retamos haciendo público nuestros deseos en la reunión de oración.

Ponemos testigos entre él y nosotros, como queriendo forzar aún más que nos conceda lo que pedimos. Y si de alguna manera lo hace y su respuesta no es de nuestro agrado, volvemos a ponerle otro plazo, creemos que no nos ha entendido, o que está sordo y no nos oye. Repetimos y repetimos el ruego como quien juega al solitario y no le sale a la primera.

Al final, hacemos lo que queremos y nos sentimos justificados puesto que el que había de contestar no lo ha hecho. No nos importa nuestro sentido común, las manifestaciones del Espíritu que se producen a nuestro alrededor.

O somos nosotros los sordos pues, aunque intuimos que lo que queremos no es lo correcto, queremos que venga Dios en persona a decírnoslo. O sea, que lo que se nos mete en la cabeza en un principio, lo llevamos a cabo hasta el final. Porque sí, porque es nuestra voluntad.

Estos plazos son engañosos ya que se entremeten en la fe, la esperanza y la cordura.

¿Quienes somos para poner límites o plazos al Señor de todos los tiempos?

Autor: Isabel Pavon
©Protestante Digital 2014

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