"Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve , y no vuelve allá sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y dá semilla al que siembra y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca, no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero y será prosperada en aquello para que la envié" Isaias55.10-11

martes, 17 de agosto de 2010

La Misericordia



La misericordia es benignidad o bondad no merecida. Antes de hablar de la misericordia de Dios tratemos el tema de la misericordia humana. Como primera medida debemos aclarar que la misericordia en nosotros no debe darse porque si o por arte. Tener misericordia es un mandamiento de Dios. Veamos lo que dice el Señor Jesucristo:
Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso. (Lucas 6: 36)
Como podemos ver, Así como Dios es misericordioso debemos serlo nosotros.
Ahora bien, ser misericordioso debe hacerse con alegría (Romanos 12: 8) ya que hacerlo de mala gana no tiene fundamento alguno. Hay personas que le fallan a Dios y buscan la forma de “contentarlo” haciendo sacrificios improductivos no teniendo en cuenta que el amor y la misericordia son más importantes que cualquier sacrificio (Oseas 6: 6).
¿Cómo demuestro yo que soy misericordioso?
Hay una serie de señales que ratifican que nuestro corazón es misericordioso. Entre estas yo destacaría tres muy significativos: AMOR, PERDON Y BONDAD.
“Amaras al Señor tu Dios sobre todas las cosas y amarás a tu prójimo como a ti mismo” expresa la Palabra de Dios como los mandamientos más importantes. En nuestras vidas debe haber muy resaltado el factor amor. Sin este ingrediente es imposible ser misericordiosos.

El perdón… vaya, vaya… aquí habrá más de uno tocado con este tema. Perdonar no suele ser fácil pero si es muy necesario para nuestras vidas. Si queremos ser misericordiosos debemos saber perdonar. En Mateo 18: 23 – 35 vemos la historia de un rey que mandó llamar a sus empleados para que le informaran cómo andaban sus negocios y para que le pagaran todo lo que le debían. Cuando comenzó a sacar cuentas, le llevaron un empleado que le debía una cantidad descomunal, como sesenta millones de monedas de plata. Como el empleado no tenía dinero para pagar, el rey ordenó que lo vendieran como esclavo, junto con su esposa y sus hijos, y que vendieran también todo lo que tenía. Así, con el dinero de esa venta, la deuda quedaría pagada. Pero el empleado se arrodilló delante del rey y le suplicó: "Señor, deme usted un poco más de tiempo y le pagaré todo lo que le debo". El rey sintió compasión de su empleado y le dijo: "Vete tranquilo; te perdono todo lo que me debes". Al salir del palacio del rey, ese empleado se encontró con un compañero que le debía cien monedas de plata. Lo agarró por el cuello y le dijo: "¡Págame ahora mismo lo que me debes!" El compañero se arrodilló delante de él y le suplicó: "Dame un poco más de tiempo y te lo pagaré todo". Pero él no quiso, y mandó que lo metieran en la cárcel hasta que pagara el dinero que le debía. Los otros compañeros, al ver lo que había pasado, se molestaron mucho y fueron a contárselo al rey. Entonces el rey mandó llamar a aquel empleado y le dijo: "¡Eres un malvado! Te perdoné todo lo que me debías, porque me lo suplicaste. ¿Por qué no tuviste compasión de tu compañero, así como yo la tuve de ti?" El rey se puso furioso y ordenó que castigaran a ese empleado hasta que pagara todo lo que le debía.
Sin el perdón como parte esencial de la fórmula el rey no podía ser movido a misericordia. Algo que no tuvo su siervo.

La bondad es una actitud generosa y amistosa hacia los demás. Es un fruto del Espíritu Santo (Gálatas 5: 22). Un ejemplo muy preciso de bondad es el que vemos en uno de los relatos más famosos de las Escrituras. Es la historia del buen Samaritano que encontramos en Lucas 10: 25 – 37. El samaritano no solo ayudó al hombre golpeado sino que lo llevó al mesón, cuidó de él y pagó al mesonero por un mejor cuidado mientras regresaba de su camino. A este samaritano no le importó las diferencias que hay entre judíos y samaritanos para ejercer la bondad.


Y… ¿Que podemos decir entonces de la misericordia de Dios?
La misericordia es parte de la naturaleza de Dios.
Porque Dios misericordioso es Jehová, tu Dios: No te dejará ni te destruirá ni se olvidará del pacto que juró a tus padres. (Deuteronomio 4: 31)
Quisiera aclarar que aunque, como dijimos, ser misericordioso es parte de Dios, hay que tener muy claro que Dios Nuestro Señor es Soberano en cuanto a de quien tiene misericordia y de quien no.
Yahveh le respondió: Yo haré pasar toda mi bondad delante de tu rostro y pronunciaré el nombre de Yahveh delante de ti, pues tengo misericordia del que quiero tener misericordia, y soy clemente con quien quiero ser clemente. (Éxodo 33: 19)
Santiago en el capítulo 2 versículo 13 nos da una visión más amplia con relación a la misericordia. En este pasaje se nos enseña que Dios no tendrá compasión de quienes no se compadecieron de otros. Pero los que tuvieron compasión de otros, saldrán bien del juicio.

Los beneficios que trae la misericordia de Dios sobre nosotros son amplios y de gran magnitud:
Por medio de la misericordia Dios perdona nuestros pecados.
Ten piedad de mí, Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones. ¡Lávame más y más de mi maldad y límpiame de mi pecado!, (Salmos 51. 1 – 2)
De Yahveh, nuestro Dios, es el tener misericordia y el perdonar, aunque contra él nos hemos rebelado (Daniel 9: 9)
La salvación de nuestras almas tiene su resultado en la misericordia que Nuestro Rey ha tenido con nosotros. Esa salvación ha producido en nosotros vida y vida eterna:
Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos) (Efesios 2: 4 – 5)

Hay que precisar algo. Si nosotros estamos descarriados pero nos volvemos a Dios entonces se activa su misericordia. Jeremías 3: 12 – 13 nos lo enseña de una manera bastante clara. Los brazos de amor misericordioso del Padre Celestial están abiertos a todo aquel que reconoce su falta y se arrepiente de su mal camino.
Y como si fuera esto poco la misericordia de Dios nos sana cuando padecemos enfermedad (Filipenses 2: 27) Nos guarda de la destrucción y del mal (Génesis 19: 16), entre otros.

Miremos cuán grande es la misericordia de Dios y oremos por ella. No nos creamos indignos de pedirla ya que si tenemos un corazón conforme a Dios podemos acceder a las más grandes misericordias cada día. El rey David sabía de qué se trata el pedirla a Dios. En el salmo 4 versículo 1 lo vemos como, de una forma tan devota y urgida pedía que Dios fuera misericordioso con él: “¡Respóndeme cuando clamo, Dios, justicia mía! Cuando estaba en angustia, tú me diste alivio. Ten misericordia de mí y oye mi oración.”
Dios escucha la voz de tus ruegos cuando clamas a Él con fe y amor. El Señor nunca olvida sus misericordias ni sus promesas y es propicio a nosotros que somos pecadores y que tenemos tantas fallas.

Si te sientes angustiado y crees que no hay salida tus problemas. Si sientes ganas de salir corriendo y no para de hacerlo, recuerda que Jesucristo mismo ha demostrado todo su amor y misericordia cuando siendo sin mancha y sin pecado tomó nuestro lugar y sufrió una de las muertes más espantosas para así darnos la salvación. Él atravesó todos esos dolores y sufrimientos para decirte que tus cargas y dificultades Él las toma en sus hombros y de paso te carga a ti. Millares son las misericordias de Dios y en tu vida no serán escasas. Eleva tu oración y clama confiadamente que Dios SÍ te escucha. Ten fe y apela a la misericordia de Dios
por Ariel Sierra Casanova

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